El último tren a Auschwitz. El horror viaja sobre railes

El horror viaja sobre raíles

En contra de lo que pueda parecer, no es ni mucho menos una nueva película sobre el Holocausto. Incluso es mucho más que un filme. El último tren a Auschwitz es una experiencia íntima, sobrecogedor y difícilmente clasificable de la que resulta imposible sustraerse. Es una historia de un dramatismo tan elevado, innegable y real como nunca nos atrevimos a imaginar.

Con cada nueva película que trata de manera directa el episodio de aniquilación sistemática de seis millones de judíos por parte del régimen nazi siempre surge la misma e incontestada pregunta: ¿Cómo y por qué pudo ocurrir algo así? ¿Cómo fue posible que a partir de elementos sociales, políticos y finalmente ideológicos se inoculara en la población de todo un país a modo de infección vírica generalizada la maldad suprema y la ocultación? Y esta ha sido y aún es hoy para muchos historiadores, sociólogos y cineastas una cuestión capital e irresoluble.

Otra de las cuestiones a propósito del holocausto judío pocas veces explicitadas en el cine es también como pudo ser que la totalidad de un pueblo permitiera sumisamente su segregación y posterior aniquilación sin ofrecer apenas resistencia, más allá de algunos episodios de rebelión en campos de concentración o los acontecidos en el Ghetto de Varsovia en 1943 que Roman Polansky retrató en su soberbio filme El Pianista (2002).

En El Noveno Día (2005) el realizador alemán Volver Schlöndorff trataba el tema de la vergüenza y la oposición por parte de algunos miembros de la Iglesia católica a la persecución y discriminación de los judíos en un momento en que las sospechas a propósito del final que les aguardada en los campos de concentración eran más que un secreto a voces. Otro tanto hizo el siempre comprometido Costa Gavras en Amén (2002), soberbio título que de una forma mucho más explicita y denunciatoria trataba la cuestión de la responsabilidad moral de la Iglesia en el holocausto judío. Precisamente Gavras preguntado por este periodista sobre qué quedaba aún por contar a propósito del nazismo y el holocausto, respondió “que aún no se había hecho la película que mostrara los mecanismos por los que se produjo una demencia colectiva en el pueblo alemán de entreguerras y cómo una masa de población tan grande aceptó su propio destino y el de millones de seres humanos sacrificados impunemente”.

Tim Blake Nelson, un joven director tejano, exploró esta cuestión del sometimiento moral en La Zona Gris (2001) con una dureza extrema. La película, alejada de cualquier sentimentalismo, narra la historia de aquellos judíos que confinados en un campo de concentración por miedo al dolor y al hambre más que a una muerte segura, vendían sus servicios a los nazis para intentar aplazar y en último término dulcificar su hora final.

Spielberg, por su parte, llevó a cabo en La Lista de Schindler (1993) uno de los filmes más emotivos de su carrera. Pero más allá de ofrecer una respuesta esperanzada de triunfo de la bondad sobre la maldad suprema, (“quien salva a un ser humano está salvando a la humanidad entera”, le dice al empresario Schindler su mano derecha Itzhak Stern) la película no ofrece tampoco una solución historicista al proceso psicológico (y social) por el cual millones de seres asumieron la esclavitud, la tortura y la muerte.

Pues bien, en alguna medida, El último tren a Auschwitz, este retrato salvajemente cruel del postrimero recorrido hasta el más célebre de los campos de exterminio del nazismo, revela el mecanismo por el cual el ejército nazi, y en concreto las unidades de los cuerpos de las SS y la Gestapo, conseguían anular toda capacidad reflexiva, de autodefensa, y borrar todo resto de dignidad: ejerciendo una extrema violencia y sobre todo despojando de toda humanidad a los prisioneros, que simplemente eran tratados no ya como animales, sino como cosas impuras y sucias. Y el trasporte (epicentro temático de esta película) masificado, en vagones de madera, sin asientos, ni agua, ni comida, en medio de las inclemencias del tiempo; entre muertos, niños (algunos aún lactantes) ancianos, familias, matrimonios, embarazadas, extraños o amigos, académicos, artistas o trabajadores, singularizaba en gran medida el tratamiento de choque que conducía a la parálisis o/y a la locura. La ceremonia del espanto.
El último tren a Auschwitz ofrece la revelación visual (demostrada) de cómo eran y cómo se vivían desde dentro de los vagones estos envíos del horror. El alemán Joseph Vilsmaier (Estalingrado), y la actriz y también directora polaca Dana Vávrová, han llevado a cabo un filme hiperrealista que trasmite al espectador una gran sentimiento de desesperanza y dolor, y una inmensa sensación de claustrofobia insólitas en el cine.

En 1943 los nazis querían un Berlín “limpio” de judíos y casi 70.000 fueron deportados desde la capital del III Reich. Los últimos fueron llevados a Auschwitz en abril. Entre los pocos hebreos que todavía se encontraban entonces en Berlín reinaba un silencioso miedo. Cada día, cada noche, podía acudir la Gestapo, irrumpir en sus casas, apalearlos, arrastrarlos a la calle y subirlos en camiones. Y de pronto el terror se convierte en certeza para 688 seres humanos que son llevados a la estación de Grunewald – vía 17 – y encerrados en vagones de ganado. Un viaje en tren con muchas paradas aunque un sólo destino: Auschwitz.

El viaje a una muerte segura dura seis días. Comienza una lucha contra el calor insoportable, el hambre y la sed. En su desesperación, algunos intentan huir, entre ellos, Henry y Lea Neumann con sus dos hijos, una pareja de enamorados, el cabaretista Jakob Noschik y la pianista Gabriella Hellmann, el Dr. Friedlich, un joven y valeroso hombre llamado Albert Rosen y la joven Ruth Zilbermann.

Para las cerca de 100 personas que han sido encerrados en uno de los vagones de este tren empieza un horrible martirio. La indescriptible estrechez, el mal olor y el miedo a la deportación quitan el aliento. ¡Un cubo con agua tiene que llegar para todos! Como única letrina sirve un segundo recipiente. Una mujer se desmaya. Algunos golpean con los puños las paredes de madera del vagón. Pero la mayoría intenta mantenerse tranquilo. Lo peor ahora sería el pánico o la histeria de masas. Lentamente se pone en movimiento la locomotora de vapor. El tren sale de la estación. El destino final ha iniciado su camino.

El último tren a Auchwitz se estrena el 18 de enero de 2008

~ por joseluisdelgado en Enero 16, 2008.

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