Este mes de mayo se cumplen diez años de la desaparición de uno de los más grandes ídolos de la música popular y de la gran pantalla. Frank Sinatra, conocido como La Voz, sigue siendo hoy objeto de homenajes, reediciones discográficas y de una adoración suprema por sus incondicionales seguidores del mundo entero.
Difícil resulta aún trazar el perfil completo y riguroso de quien fuera en vida (y aun es hoy) uno de los más grandes ídolos de la canción y el cine. El más grande crooner de la historia ha dejado un legado casi inabordable no sólo de canciones y películas, sino también de anécdotas, maledicencias y momentos únicos de una vida y un éxito irrepetibles.
Sesenta años de éxito a través de numerosos estilos musicales populares como jazz, swing, blues, rock, twist y naturalmente el género conocido como variété; que junto a una extensa filmografía de setenta películas le convierten en uno de los artistas más prolíficos del mundo de Hollywood.
Otro de los grandes méritos de The Voice es el haber sido fundador del Rat Pack (pandilla de ratas) el grupo cómico musical que formó junto a sus compadres Dean Martin, Sammy Davis, Jr., Joey Bishop, y Peter Lawford (cuñado de John F. Kennedy), y que durante los sesenta ofreció veladas inolvidables en los casinos de Las Vegas.
Leyenda a la americana
Su gloria masiva, planetaria, absoluta, no se apagó el día de su fallecimiento, el 14 de mayo de 1998 a las 20:50 horas locales, cuando sucumbió a una crisis cardiaca en el hospital Cedars-Sinai de Los Ángeles mientras su esposa Bárbara le asía le mano. El mito nacía entonces. Las Vegas, la ciudad seguramente más iluminada del planeta, permaneció sin luz durante un minuto. Y el Empire State, el símbolo de Nueva York, la urbe indisolublemente asociada a Frankie por la canción que grabó en 1979, se iluminó de azul en honor a sus ojos.
La muerte de Frank Sinatra, a los 82 años de edad, detuvo el ritmo frenético de los Estados Unidos. En el Bronx, en el estadio de los Yankees, se hizo un minuto de silencio y durante el partido, en las gradas y en el campo, se pudo escuchar My Way. Lo mismo ocurrió en Detroit, Chicago, Dallas, Atlanta, Miami…. El duelo fue unánime. La tristeza, muy profunda. Como sintetizó entonces el escritor Gore Vidal: “La mitad de la población de este país fue concebida mientras los padres escuchaban sus temas”.
La adoración que los americanos sienten por Sinatra tiene mucho que ver con las evidentes cualidades humanas de la estrella al representar el paradigma del sueño americano. El hombre hecho a sí mismo. Erigido peldaño a peldaño hasta convertirse en un gran monumento americano y por consiguiente también universal.
Encantador. De ojos color lavanda, orejas cortas y tez luminosa
Delgado, pero fibroso y con una sonrisa cautivadora. Sinatra cultivó con gusto su propia leyenda. Aunque no es cierto que naciera en la calle, en Hoboken, el villorrio siniestro de Nueva Jersey, sí lo es que sus padres fueron obreros inmigrantes italianos, ella de origen genovés, él siciliano.
De niño problemático, fanfarrón y revoltoso, al hombre estrella universal que da un puntapié al periodista impertinente sólo hay un paso en la evolución del carácter de Sinatra. Desde adolescente fue un joven impetuoso, aficionado al boxeo como su padre, quien fue púgil profesional, y muy pronto amante de la música que descubrió mientras entonaba melodías acompañado de un ukelele. El joven Frank se debatía en su primera juventud entre el deporte (también el atletismo y la natación) y la imitación de las grandes estrellas del momento como Bing Crosby, su primer gran ídolo, Al Jolson y Billie Holiday. Posteriormente destacaría de estos años de su vida su relación con una anciana mujer judía, Mrs. Golden, a la que consideraba casi como una madre, ya que era habitual que la suya se ausentara con frecuencia del hogar debido a su constante actividad política. Precisamente gracias a su amistad con esta mujer, el cantante habría aprendido hebreo, lengua que conocía mejor que el italiano de sus padres.
Desde el comienzo de su carrera artística, que durante algún tiempo simultaneó con labores de periodista deportivo, el joven Frankie supo muy pronto que su gran capital estaba en sus cuerdas vocales. Enamorado del Jazz, acostumbraba a deambular por las salas de fiesta de Nueva York y Nueva Jersey hasta que en 1939 graba su primer disco con la orquesta de Harry James, The King of he trumpett. En 1940 entra a formar parte del grupo de Tommy Dorsey a 150 dólares por semana. Llega la II Guerra Mundial: todos los hombres bajo las banderas. Y en 1942, en el teatro Paramount de Nueva York, miles de quinceañeras (entonces conocidas como babby sockers por sus calcetines) se rinden locas de amor ante aquel chico de resplandeciente sonrisa. Sinatra fue el inventor de la histeria colectiva en el mundo de la música.
Mujeriego empedernido
Nacido para el ligoteo, le encantaba coleccionar mujeres, legítimas o no. Con su primera esposa (ante Dios y los hombres, entre 1939 y 1949) Nancy Barbato, una chica de su barrio natal, tuvo tres hijos: Christine, Nancy (la favorita que en los años 70 calzaría “aquellas botas para caminar…”) y Frank Sinatra Junior. De 1952 a 1957 fue la envidia del mundo masculino al convertirse en el marido de la mujer más bella del mundo, Ava Gardner. Una suntuosa chica sureña, ingobernable y caótica, que le puso unas bonitas astas españolas mientras mantuvo una tórrida relación con el torero Dominguín. Demasiado para Sinatra, quien vio afectado seriamente su honor hasta el punto de llegar a perder durante un tiempo su voz, o lo que es lo mismo, su esencia y principal seña de identidad masculina. Como perfecta muestra de histeria masculina se supo entonces que La Gardner, hablando telefónicamente desde España con Sinatra, escuchó un tiro de pistola. Falsa alarma, el cantante había descargado su ira contra un colchón. ¡Que bien se lo pasaron estos dos!
Muy pronto, tras olvidarse de Ava, contrajo nupcias con Mia Farrow (1966-1968), una joven actriz de 18 años con un maduro cincuentón. No podía durar mucho. Y la última, Barbara, quien antes había estado casada con Zeppo Marx, el pequeño de los Hermanos Marx. Pero hubo otras mujeres, incontables. Y eso que se ha hablado sólo de las célebres: Marlene Dietrich, Judy Garland, Nathalie Wood, Liz Taylor, Lana Turner, Lauren Bacall, Marilyn, Victoria Principal, Grace Kelly, Nancy Reagan… Aunque no hay que olvidar las anónimas, aquellas que en las noches de fiesta en Las Vegas eran convocadas telefónicamente por Sammy Davis Junior, Dean Martin, Meter Lawford y otros colegas de parranda nocturna.
Sinatra y la mafia (mito o verdad)
Su fama, siempre justifi cada en tanto que artista hasta la médula, se vio durante mucho tiempo perjudicada por los llamativos chis morreos de su connivencia con entidades mafi osas. Quién sabe. Pero lo cierto es que durante decenios Sinatra fue un asiduo de los casinos de Las Vegas, muchos de ellos regentados por poderosas familias de La Cosa Nostra. Acusaciones nunca probadas gracias a la labor efectuada durante decenios por sus formidables abogados, mencionan sus relaciones sucesivas con Lucky Luciano, Joseph Fishetti (primo de Al Capone), Carlo Gambino (con quien se fotografió) y Gaetano Luchese, il capo de una celebre familia neoyorquina. En 1983 la oficina de control del juego de Nevada le retiró la licen cia de explotación de un casino de Las Vegas por haber prestado ayuda a Salvatore “Momo” Giancana, un gran jefe mafi oso. Años antes, en 1972, había comparecido tras dos años de evasivas ante la comisión de las actividades mafi osas. Mucho se comentó por aque llos días el enorme parecido físico de Sinatra con el del cantante que en el fi lme El Padrino es invitado a actuar en la boda de la hija de Don Vito Corleone.
Indómita voluntad
Durante los años cincuenta, muy probablemente por la tormento sa relación vivida con Ava Gardner, el whisky terminó por pasarle factura de la peor forma posible para un cantante de voz atercio pelada como la suya. Con su garganta rota, Sinatra atraviesa uno de los peores momentos de su vida. Es entonces cuando se revela en él una energía que en adelante ya nunca le abandonará. Consigue con una gran fuerza de voluntad y un aporte extraordinario de credibilidad que Fred Zinemman le de el papel del soldado Maggio en De aquí a la eternidad. Sólo le pagan ocho mil dólares pero con la apuesta consigue un pleno absoluto. Con aquella interpretación consigue el Oscar a Mejor Actor Secundario. Y de paso recupera su voz. Su carrera discográfi ca toma un nuevo y fructífero rumbo cuando firma un ventajoso contrato con la discográfi ca Capitol. Es el apogeo, en adelante perpetuo, de su vida artística. Desde este Olimpo ya no volverá a caer nunca más. En adelante siempre viajará en grandes limusinas blancas y negras, donde bronceadas y sonrientes jóvenes sirven bebidas y toda suerte de atenciones personalizadas. Desde los primeros años sesenta los conciertos por todo el mundo se suceden ininterrumpidamente. El estilo, impecable, es ya una imagen de marca. Y como toda gran estrella es un maniaco de los detalles. Se enzarza en continuas discusiones con sus músicos por un quítame allá un bemol. Acostumbra a trabajar desde el mejor estudio, Tower Capitol, en Los Ángeles, donde la sección de vien to de su fabulosa formación de músicos es capaz de despertar a un muerto e insufl arle de vida a ritmo de swing. Allí trabaja con Quincy Jones en 1984 y ofrece uno de sus discos más emblemáticos: LA is my Lady. Rodeado de los mejores, su aura resplandece hasta convertirle en uno de los hombres más ricos del país.
El seductor insoportable
El actor, siempre apasionado, sin embargo no ofreció en todo mo mento lo mejor de sí mismo. Preminger le deprecia en El hombre del brazo de Oro con la penosa composición de un batería de jazz drogadicto frente a una Kim Novak que hace lo que puede. En otro fi lme, Como un Torrente, Vincente Minelli le ofrece en bandeja el papel de un escritor que acaba de regresar de la guerra, una actua ción que deja de resultar creíble en la medida en que quienes le acompañan en la aventura dramática son sus amigos de correrías nocturnas Dean Martin y Shirley McLaine. Afortunadamente algu nos papeles de detective le dan la oportunidad de redimirse. Frente al actor, cuya carrera fue más irregular, el cantante Sinatra se mantuvo siempre al alza gracias al característico terciopelo de su voz. En la línea de otros grandes como Bing Crosby, Mel Tormey, Nat King Cole, Sinatra se convierte en el crooner por excelencia. Aquel cuya longevidad atestigua una carrera duradera. Sus grabaciones con la orquesta de Count Basie son hoy en día clásicos im perecederos. Sinatra fue un duro autentico. Un hombre que se enrabietaba, de repentinos golpes de cólera, y que después perdonaba abrazando a aquellos que le habían faltado al respeto o le habían decepcio nado. La estrella fue un hombre seguramente insoportable para muchos de sus allegados, pero también endiabladamente seductor y caritativo. Su hija Nancy contaba que era habitual la donación de grandes sumas de dinero a organizaciones benéfi cas. Algo que en caja muy bien con la imagen que de él se tiene. El actor de De Aquí a la eternidad es también el símbolo del hombre que se construyó a sí mismo. Un ser repleto de contradicciones que fueron neutrali zadas por una voz única. Al fi nal, todos le quisieron e hicieron suya la frase que aún puede leerse en el cartel que descansa frente a su mansión de Beverly Hills: I love your voice, I love you…