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El nuevo Mike Oldfield ha convertido la astrofísica en música. Y al escuchar Music of the Spheres se tiene la sensación de estar sobre otra Tierra, un planeta reflejo del nuestro, surgido, quién sabe, siguiendo la teoría inacabada de la duplicidad o de aquella que habla de otro universo improbable si aceptamos la idea de la existencia de aquello que no podemos ver aunque intuimos que existe. Y lo consideramos.
Este universo musical creado por Mr. Oldfield suscita la ilusión de imágenes grandiosas como aquellas que sólo algunos grandes cineastas han conjeturado en lugares cinematográficos de la Ciencia Ficción. Music of the Spheres podría haber sido una excelente banda sonora. Pero en este caso es mejor imaginar, dejarse llevar y elevarse hacia los espacios infinitos y secretos que nos propone el circunspecto creador británico.
Mike Oldfield anunciaba en 2006 su deseo de regresar a un tipo de música más compleja y conceptual, en la línea de sus primeros trabajos, sobre todo de aquel mítico primer álbum, Tubular Bells; un hito discográfico compuesto cuando apenas era un adolescente y que grabó finalmente en 1973, después de no pocos avatares, en una recién montada compañía discográfica, Virgin, auspiciada por un vendedor de discos llamado Richard Branson y actualmente conocido por sus múltiples gestas aventureras (incluidas las aeroespaciales) y por ser uno de los grandes magnates mundiales de los negocios.
El éxito de Tubular Bells fue espectacular. En los primeros años de su aparición se vendieron más de 15 millones de copias en todo el mundo. A la enorme calidad y originalidad de la obra que interpretó en la totalidad de los instrumentos el propio Oldfield, se sumó el hecho de que varios extractos del disco, principalmente aquellos acordes característicos del comienzo de la primera parte de la obra, fueron incluidos en el filme El Exorcista (William Friedkin, 1973), gracias a la habilidad promocional de Mr. Branson.
Ahora, 35 años después del nacimiento de Tubular Bells, y tras un último e irregular decenio musical de pequeños trabajos como The Millenium Bell, Guitars, Tres Lunas y Light + Shade entre otros, llega la obra más adulta de Mike Oldfield, quien ya la anticipó en 2007 durante la presentación de su autobiografía, Changelling, y en las negociaciones mantenidas para su participación en la gira española de Night Of The Proms, la cita musical anual que reúne a pesos pesados del pop y el rock en torno a la orquesta sinfónica Il Novecento que dirige el maestro Robert Groslot. Oldfield compuso entonces una pieza de música clásica para orquesta, piano y guitarra acústica y le confió los arreglos sinfónicos al músico galés Karl Jenkins. Era el génesis de esta música de las esferas.
Oldfield, autor también de inolvidables canciones como Monligth Shadow y To France que interpretó su hermana Sally, con la que compartió grupo, The Sallyangie, en sus años de juventud, ha llevado a cabo un álbum enteramente clásico y casi virgen de letras, con excepción de algunos angelicales coros (On my Heart) que aportan un esplendor triunfante a la obra.
La impresión resultante de la inmersión en este ignoto universo musical no hace más que reforzar el sentimiento de sobrecogimiento ante la inmensa magnitud de este nuevo episodio musical de Oldfield. Un creador que siempre ha tenido la reputación de abordar trabajos poco convencionales. Sistemáticamente ha roto moldes y ahora más que nunca ha traspasado fronteras adentrándose en lugares sonoros inexplorados. Porque, si bien Music of the Spheres es un disco de espíritu clásico, influenciado por Los Planetas de Gustav Holst y la obra pianística de Rachmaninov, también lo está por la naturaleza sonora atmosférica de creadores contemporáneos como William Orbit; mientras el estilo característico del propio Oldfield se mantiene inmutable y es inmediatamente identificable. Basta con escuchar los primeros acordes de cuerda y piano para saber quien está detrás de unas armonías y una melodía que irá trasmutándose y apareciendo recurrentemente a lo largo del disco hasta alcanzar un fastuoso cenit.
La obra se dio a conocer primeramente durante una velada organizada en el club Tape de Berlín, donde un sereno y parco en palabras Oldfield indicaba que en el futuro seguiría trabajando en álbumes clásicos si este disco era bien recibido por el público. Por fin, el pasado 7 de Marzo Music of the Spheres, era presentado internacionalmente a la prensa en un concierto ofrecido en el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se pudo apreciar, con todo el rigor musical y escénico necesarios, la belleza inconmensurable de estas composiciones. El Universo, por fin, tiene su propia banda sonora.
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El filme de Julian Temple es posiblemente una de las mejores películas rodadas nunca sobre la vida de un gran ídolo del rock. Y más aún. Es también, más allá de la temática, un soberbio documental que hace honor al género. La suerte le ha tocado a Strummer, quien marcó indeleblemente la existencia de sus contemporáneos, amigos y fieles seguidores. En tanto que líder indiscutible de The Clash, a partir del año 1977, Strummer impulsó internacionalmente el movimiento punk, para después llevar a la banda hasta otros territorios sonoros más propios y alejados de modas y tendencias.
Técnicamente impecable, con un montaje visual y sonoro dinámico, y siempre sorprendente para el espectador, la película discurre a través de una serie de documentos excepcionales sobre la infancia y adolescencia del mito, un joven algo apocado y tímido que encontró en su amor a la música una válvula de escape existencial. Asimismo cobran especial protagonismo las imágenes inéditas de su primera banda, The 101ers, que abandonó para formar The Clash, y las de su vida de aquellos días entre garitos de mala muerte y la casa abandonada en Londres que compartía con amigos afines como él al movimiento punk, muchos de los cuales también ofrecen ahora en el filme treinta años después de aquella tormenta social y musical, su testimonio sobre la juventud de Strummer.
Idealistas y revolucionarios, sus temas casi todos compuestos por Mick Jones (guitarra y voz) y Strummer (guitarra y voz) expresaban desde el comienzo su apoyo a la clase trabajadora y protestaban contra el racismo (White man in Hammersmith Palais?) y contra la ley (I fought the law?, Police and thieves?), la monarquía y la aristocracia. Su primer álbum, The Clash Uk, apareció en 1977 y tuvo un gran éxito en Reino Unido, aunque inicialmente las discográficas americanas lo rechazaron por considerarlo no apto para ser emitido en sus radios, y no apareció en los Estados Unidos hasta dos años más tarde. Por eso cobran un especial interés en el documental algunas imágenes que en su día fueron televisadas, como la impagable rueda de prensa del grupo a su llegada a los EE.UU. donde las formas y los comentarios proferidos por Strummer contra algunos periodistas preocupados por la “salud” de alguno de los miembros de The Clash, revelan muy claramente el temperamento libertino pero también la bondad y el cariño hacia los suyos de este ser único.
Consagrada únicamente a Strummer y muy alejada de la idea de panegírico, la película de Julian Temple se centra especialmente en mostrar el destino del cantante cuando se produjo la temprana disolución de The Clash en 1985. Y es en esta segunda parte cuando el filme cobra una gran intensidad e interés dramáticos. Es la época en la que Strummer intenta encontrar su propio lugar en el azaroso mundo musical. Vuelve en solitario con su primer álbum solista, Earthquake Weather, con el que no obtuvo un gran éxito comercial ni de crítica. En 1991 se une temporalmente como vocalista a The Pogues y no es hasta finales de los 90, cuando forma un nuevo grupo, The Mescaleros, que Strummer vuelve a sentirse orgulloso y recompensado por su trabajo.
El 15 de noviembre de 2002, Joe Strummer & the Mescaleros ofrecieron un concierto a beneficio de los bomberos voluntarios de Londres en el Acton Town Hall. Durante la gala, Mick Jones, que se encontraba entre los espectadores, se unió al grupo para tocar los temas Bankrobber, White Riot y London’s Burning, reuniéndose ambos líderes de The Clash sobre el escenario 19 años después de que lo hicieran por última vez. Unos días más tarde, el 22 de noviembre, salió a un escenario por última vez en la Liverpool Academy.
En diciembre de 2002, Strummer murió en su casa, mientras leía el periódico, víctima de un fallo congénito no diagnosticado. Tenía 50 años de edad. Comenzaba la leyenda.
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Si en su anterior álbum, Limón (2005) carta de presentación de su sello Casa Limón, había llevado a cabo un recorrido por algunas músicas del mundo relacionadas sonoramente con el mundo flamenco en colaboración con artistas de renombre internacional como Paco de Lucía, Niño Josele, Bebo Valdés, Andrés Calamaro, Concha Buika, Jerry González y David Broza, entre otros, ahora este creador incansable ha buscado nuevos amigos; de menor fama, es cierto, pero de enorme talento, en los circuitos musicales nocturnos madrileños: una auténtica banda de Jazz Latino.
Seguramente nadie como él podía aventurar el enorme potencial de un grupo de jóvenes artistas cubanos que llevan el son, el bolero y los ritmos más genuinos del Latin-Jazz corriendo por sus venas. Y junto a ellos, un conjunto portentoso de metales (trompeta, trombón, fiscorno, saxo…) percusiones y el piano de Chucho Valdés, con la voz expresiva y cálida de la también cubana Concha Buika, Javier Limón despliega todas sus habilidades melódicas en un trabajo serio, comprometido y profundo.
Son de Limón bien podría suponer el nacimiento del “flamensón”, un incipiente y posible género musical concebido para dar cabida simultánea a los sonidos latinos en perfecta simbiosis con el legado del flamenco. Con Javier Limón la música renace y ocupa lugares sonoros nuevos y apasionantes. Ése es su gran legado.
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Todo en el cine de Julian Schnabel recuerda que estamos ante un gran artista visual. El pintor que se dio a conocer a finales de los 70 gracias a una serie de cuadros titulada Plate Paintings, que fue amigo de Basquiat (al que dedicó un filme en 1996) y de Warhol, y que en 1999 dio la primera gran oportunidad internacional a Javier Bardem en Antes de que anochezca (la biografía del escritor cubano Reynaldo Arenas) es uno de los creadores seguramente más personales de cuantos hoy pueblan el universo cinematográfico.
Atraído siempre por las vidas rotas y los destinos trágicos, el cineasta americano presentaba triunfalmente en la última edición de Cannes (Palma de Oro a Mejor Director) su adaptación del libro La Escafandra y la mariposa (Plaza y Janés, 1997), el emotivo y descarnado libro de Jean Dominique Bauby. Recientemente, la película ha sido merecedora de tres Globos de Oro: Mejor Película Extranjera, Mejor Director y Mejor Guión (Ronald Harwood, El Pianista) y compite en los Oscar de este año en los apartados, nuevamente, de Mejor Guión Adaptado y Mejor Dirección, y en los de Mejor Fotografía y Mejor Montaje.
A partir de esta historia trágica, Schnabel ofrece una película audaz que ambiciona cumplir dos cometidos fundamentales. El primero, moral, a través de una encomiable fidelidad al espíritu del libro que aclama, por momentos con un gran sentido del humor, la emocionante lucha por la vida de un ser humano condenado a una existencia casi vegetativa y al margen de la marcha del mundo. Y en segundo lugar, estético y artístico; gracias a la puesta en marcha por parte del cineasta de un sinfín de elementos narrativos visuales, muchos de ellos retóricos, que persiguen una correspondencia con los sentimientos y los pensamientos interiores que plasmó en su libro el malogrado Bauby.
Aunque Julian Schnabel no es creyente, La Escafandra y la Mariposa está dotada de una cierta espiritualidad. Las mujeres del filme (la enfermera, la logopeda, su amante, su ex mujer) son unas angelicales figuras; compasivas y dedicadas en cuerpo y alma al cuidado físico y mental del Jean Dominique: Una lástima, -le dice su enfermera- que haya sido necesario que se encuentre enfermo para haberle conocido….”
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Victoria Gastelo es por encima de cualquier otra cosa un músico. Un ser apasionado, de convicciones firmes, independiente y con una suprema creencia en sí misma a pesar de haber recibido cuando iniciaba su camino en el seno de una multinacional el varapalo de la indiferencia. Seguramente en aquellos comienzos de su carrera los jerifaltes musicales no sabían muy bien adónde llevar y cómo conducir la carrera de una jovencísima y personal cantautora. Y ella se dejó hacer, aunque no por mucho tiempo.
Nada tiene que envidiar de los grandes Vicky Gastelo. Su música es ya adulta. Secreta y mágica para quienes advertimos la llama de una creación intensa y perdurable. No hay nada más grato cuando se descubre un disco y un nuevo artista que preguntarse, ¿cómo lo ha hecho? ¿De dónde sale esa melodía que me ha calado hasta los huesos? Canciones como Me vas a matar, Soy, Como el Sol o Como Será, muestran un carácter inviolable. Pop embelesado. De una acústica que rasga los oídos y unos arreglos de excelsa elegancia. Mientras, la voz de Vicky, serena, apaisada y sin estridencias, y no por ello menos traviesa, desgrana emociones a raudales.
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Ocurrió con Argelia, con Camboya, naturalmente con Vietnam…, y está sucediendo ahora con Afganistán y sobre todo con la Guerra de Irak. El cine, o mejor dicho, un grupo de grandes cineastas, entusiastas, independientes y comprometidos con su tiempo, golpean con dureza la política exterior del presidente Bush. La visión de la contienda y posterior ocupación de Irak está cambiando en los Estados Unidos y en buena parte del mundo occidental. Hace cuatro años, al comienzo de las operaciones militares, el mundo del cine apoyaba mayoritariamente la iniciativa usamericana sustentada con fervor por Gran Bretaña y el gobierno del Partido Popular en España; ahora, sin embargo, debido al número de bajas, a la imposibilidad de avistar en el tiempo un fin de la contienda y una regularización democrática en Irak, e igualmente por los flagrantes casos de violencia contra víctimas civiles inocentes, los americanos y muchas voces de su cultura están denunciando la actuación de sus tropas en el exterior y el error de esta guerra.
Cuando hace casi un lustro Hollywood apoyó casi sin reservas la respuesta americana al terrorismo de Al Qaeda, aún estaban muy recientes las imágenes en bucle de los dos aviones impactando contra el World Trade Center neoyorquino. Y fueron muy pocos los que en la gran industria del entretenimiento dieron su apoyo al discurso de Michael Moore en la ceremonia de los Oscar de 2004. Moore, en su documental
Fahrenheit 9/11 trataba los vínculos económicos mantenidos durante décadas entre la familia del presidente Bush, la familia real saudí y la de Bin Laden, destapando una serie de hipotéticas motivaciones financieras ocultas que directamente también ponían en entredicho la credulidad y ausencia de sentido crítico de los ciudadanos estadounidenses y de los medios de comunicación.

19 de noviembre de 2005, Hadiza, Iraq. Unos insurgentes iraquíes bombardean un convoy de marines estadounidenses, ocasionando la muerte de su oficial más querido Enfurecidos por su pérdida, sus jóvenes compañeros marines emprenden unas brutales represalias. Su violenta búsqueda casa por casa origina la matanza de 24 personas, muchas de ellas mujeres y niños. Dirigida por Nick Broomfield y nuevamente basada en hechos reales, La batalla de Hadiza destaca por su hiperrealidad (actúan en la película marines reales y su rodaje tuvo lugar en Jerash, Jordania) y por un mensaje crítico en lo político y condescendiente con la soldadesca implicada quienes están ahora siendo sometidos a consejo de guerra. Cuatro de los militares implicados han sido acusados de asesinato, mientras que a otros cuatro se les imputa cargos por no informar de los hechos, no investigarlos, hacer declaraciones falsas y obstrucción a la justicia.
“A pesar de la inmensa cobertura de medios de comunicación de la guerra en Irak –comenta Broomfield a propósito de su película- me he dado cuenta de que la mayoría de la gente sabe muy poco de lo que realmente está pasando allí. Lo que parece haberse perdido en la cobertura de las noticias es la verdadera humanidad de la situación global… o la ausencia de la misma. La visión de las bombas y el fuego y la constante sobrecarga de información ahora desensibilizan a un mundo cada vez más abrumado…” Queda claro por lo tanto a través de La Batalla de Hadiza, en contraposición al filme de De Palma, que los miembros de los ejércitos ocupantes americano e inglés son también víctimas. Jóvenes que se ven atacados, heridas y obligados a responder con ira y fuego en la forma en que han sido entrenadas. Pero cuando los acontecimientos se suceden a gran velocidad y en condiciones de máximo estrés, ¿se puede acusar de asesinato a unos marines en la línea de fuego?
Otra de las películas más controvertidas de este alzamiento cinematográfico contra la actual política belicista americana es Stop-Loss. Esta denunciada practica (parar las pérdidas) consistente en obligar a la soldadesca a permanecer en el frente de combate, ha venido siendo usada por el ejército desplegado en Irak durante los últimos años. Ryan Phillippe (Banderas de nuestros padres) es el condecorado sargento Brandon King, el protagonista de una dura trama que pone al descubierto la desesperanza de los jóvenes americanos utilizados sin remordimiento en la cruel y perpetuamente inacabada Guerra de Irak. También Regreso al Infierno (penoso y recurrente título en español de Home of the Brave) incide directamente en el uso del Stop Loss, mostrando los estragos no sólo físicos sino también las patologías mentales que la Guerra de Irak está causando en los jóvenes americanos. Protagonizada por Samuel L. Jackson, Jessica Biel Y Cristina Ricci, ofrece la historia de cuatro soldados que estando a punto de terminar su misión en Irak son enviados a una última misión humanitaria de transporte de provisiones médicas a un pueblo iraquí. La unidad es víctima de una emboscada y sufre graves pérdidas. Ya de regreso a Estados Unidos, los supervivientes deben enfrentarse a los recuerdos del pasado, mientras intentan con grandes dificultades volver a la vida civil y pensar en el mañana. Un futuro que en lo cinematográfico aguarda en 2009 el estreno de la que, dicen, será la película definitiva sobre la Guerra de Irak: No True Glory: Battle for Fallujah. Harrison Ford, al que antes veremos vestido de aventurero son sombrero y látigo característicos en Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal a las órdenes nuevamente de Spielberg, se pone el traje de campaña para revivir en la gran pantalla uno de los episodios más ignominiosos de cuantos se recuerdan de esta y otras contiendas pasadas. Porque en la pequeña localidad iraquí de Fallujah se asistió en Abril de 2004 a todo un espectáculo del horror y la sinrazón. Las tropas americanas, enfurecidas por el espectáculo de varios compañeros colgados por iraquíes, arrasaron con proyectiles de fósforo blanco (prohibidos por las convenciones internacionales) achicharrando a más de 1500 víctimas civiles después del asesinato de algunos soldados iraquíes heridos, quienes sin armas y postrados en el suelo, (como se pudo ver en las imágenes televisivas que dieron entonces la vuelta al mundo) eran disparados sin conmiseración por parte de las tropas americanas. Ante la evidencia periodística de los hechos acontecidos en Fallujah, autentico bastión de la resistencia para los iraquíes, queda ahora por conocer el grado de veracidad que tendrá el filme en el que Harrison Ford dará vida al general Jim Mattis, máximo responsable del asalto a la malograda ciudad El porvenir, entretanto, sigue siendo incierto. Más bien poco alentador a tenor de las informaciones de atentados y ataques a civiles y a las tropas desplegadas en Irak que un día sí y otro también asaltan las televisiones y periódicos en todo el mundo. La ocupación en Irak cumple cuatro años con 600.000 iraquíes muertos y más de 1.6 millones de desahuciados o /y desplazados; y el final de este orquestado caos parece no llegar nunca. Niñas y niños pueden ver diariamente en su camino a la escuela todo un repertorio de miembros y cuerpos humanos despedazados por las bombas. No hay sanidad y los hospitales y otros servicios públicos se están privatizando mientras se asiste a una preocupante escasez de personal médico con más de la mitad de los doctores fuera del país. Irak se ha convertido en una región experimental. Al estilo que lo fue Vietnam y Camboya para los intereses franceses, norteamericanos y soviéticos durante la segunda mitad del siglo XX. Un juego, el de ahora, donde se entrecruzan de una parte el imperialismo islámico y de otra el estadounidense. Y en el que seguimos sin conocer el paradero de aquellas Armas de Destrucción Masiva. Tal vez, algún día el cine como elemento muchas veces trasgresor de la realidad nos las muestre. Relucientes y dispuestas a ser usadas.
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Después de años de gran dificultad, el cine italiano finalmente ha vencido. Durante los últimos cuatro o cinco años se ha venido constatando un aumento progresivo de público en las salas para ver películas Made in Italy. Lo demuestran las cifras. Varias películas del país entre las primeras diez más vistas durante buena parte de 2007: Manuale d´amore2 de Giovanni Veronessi, La búsqueda de la felicidad (producción americana dirigida por el italiano Gabrielle Muccino), Ho voglia di te, de Luis Prieto, Notte prima degli esami oggi, de Fausto Brizzi, Saturno Contro, de Ferzan Ozpetek, y naturalmente, Mi hermano es hijo único, que desde su presentación en Cannes en la Sección Oficial y simultáneo estreno en Italia durante la pasada primavera no ha cesado de recibir elogios y galardones, entre ellos 5 Premios Donatello del cine italiano.
Y no es para menos porque Mi hermano es hijo único es un excelente filme de autor que no escatima, sin embargo, en atributos comerciales al tratar cuestiones de gran envergadura temática como la política, la familia, el amor fraternal y el romántico, la amistad, la sexualidad… en el contexto de la convulsa historia del país durante los años 60 y 70, periodo, por cierto, ya abordado por los guionistas Stefano Rulli y Sandro Petraglia en la igualmente soberbia La Mejor Juventud (Dir. Marco Tullio Giordana, 2003) película donde, como en esta, se ponían al descubierto las interioridades de las Brigadas Rojas a través de la incorporación en la banda terrorista de algunos personajes principales.
Ayuda también a hacer de Mi hermano es hijo único una película muy recomendable en la que el cine español debiera mirarse, las singulares y solventes interpretaciones, muy cómplices además con el espectador, de un reparto formado a partes iguales por actores jovenes y otros de la vieja guardia. Entre los primeros destaca el trabajo de Elio Germano (Accio), el protagonista; un niño, primero, y adolescente después, perdido y confuso ante el marasmo sociopolítico de la posguerra y el desarrollismo italiano de los años 60 y 70 que busca una identidad propia frente a su familia y sobre todo en oposición a su hermano mayor, Manrico, interpretado por Riccardo Scarmacio, actor conocido en España por su apasionado encuentro amoroso en una silla de ruedas con Monica Bellucci en Manuale de Amore2.
Mi hermano es hijo único
Dirección: Daniele Luchetti
Guión: Stefano Rulli, Sandro Petraglia
Intérpretes: Elio Germano, Ricardo Scamarcio, Diane Flery, Angela Finochiaro, Anna Bonaiuto.
Género: comedia, drama, histórica.
Italia, 2006.
Estreno: 30 de noviembre
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El horror viaja sobre raíles
En contra de lo que pueda parecer, no es ni mucho menos una nueva película sobre el Holocausto. Incluso es mucho más que un filme. El último tren a Auschwitz es una experiencia íntima, sobrecogedor y difícilmente clasificable de la que resulta imposible sustraerse. Es una historia de un dramatismo tan elevado, innegable y real como nunca nos atrevimos a imaginar.
Otra de las cuestiones a propósito del holocausto judío pocas veces explicitadas en el cine es también como pudo ser que la totalidad de un pueblo permitiera sumisamente su segregación y posterior aniquilación sin ofrecer apenas resistencia, más allá de algunos episodios de rebelión en campos de concentración o los acontecidos en el Ghetto de Varsovia en 1943 que Roman Polansky retrató en su soberbio filme El Pianista (2002).
En El Noveno Día (2005) el realizador alemán Volver Schlöndorff trataba el tema de la vergüenza y la oposición por parte de algunos miembros de la Iglesia católica a la persecución y discriminación de los judíos en un momento en que las sospechas a propósito del final que les aguardada en los campos de concentración eran más que un secreto a voces. Otro tanto hizo el siempre comprometido Costa Gavras en Amén (2002), soberbio título que de una forma mucho más explicita y denunciatoria trataba la cuestión de la responsabilidad moral de la Iglesia en el holocausto judío. Precisamente Gavras preguntado por este periodista sobre qué quedaba aún por contar a propósito del nazismo y el holocausto, respondió “que aún no se había hecho la película que mostrara los mecanismos por los que se produjo una demencia colectiva en el pueblo alemán de entreguerras y cómo una masa de población tan grande aceptó su propio destino y el de millones de seres humanos sacrificados impunemente”.
Tim Blake Nelson, un joven director tejano, exploró esta cuestión del sometimiento moral en La Zona Gris (2001) con una dureza extrema. La película, alejada de cualquier sentimentalismo, narra la historia de aquellos judíos que confinados en un campo de concentración por miedo al dolor y al hambre más que a una muerte segura, vendían sus servicios a los nazis para intentar aplazar y en último término dulcificar su hora final.
Spielberg, por su parte, llevó a cabo en La Lista de Schindler (1993) uno de los filmes más emotivos de su carrera. Pero más allá de ofrecer una respuesta esperanzada de triunfo de la bondad sobre la maldad suprema, (“quien salva a un ser humano está salvando a la humanidad entera”, le dice al empresario Schindler su mano derecha Itzhak Stern) la película no ofrece tampoco una solución historicista al proceso psicológico (y social) por el cual millones de seres asumieron la esclavitud, la tortura y la muerte.
En 1943 los nazis querían un Berlín “limpio” de judíos y casi 70.000 fueron deportados desde la capital del III Reich. Los últimos fueron llevados a Auschwitz en abril. Entre los pocos hebreos que todavía se encontraban entonces en Berlín reinaba un silencioso miedo. Cada día, cada noche, podía acudir la Gestapo, irrumpir en sus casas, apalearlos, arrastrarlos a la calle y subirlos en camiones. Y de pronto el terror se convierte en certeza para 688 seres humanos que son llevados a la estación de Grunewald – vía 17 – y encerrados en vagones de ganado. Un viaje en tren con muchas paradas aunque un sólo destino: Auschwitz.
El viaje a una muerte segura dura seis días. Comienza una lucha contra el calor insoportable, el hambre y la sed. En su desesperación, algunos intentan huir, entre ellos, Henry y Lea Neumann con sus dos hijos, una pareja de enamorados, el cabaretista Jakob Noschik y la pianista Gabriella Hellmann, el Dr. Friedlich, un joven y valeroso hombre llamado Albert Rosen y la joven Ruth Zilbermann.
Para las cerca de 100 personas que han sido encerrados en uno de los vagones de este tren empieza un horrible martirio. La indescriptible estrechez, el mal olor y el miedo a la deportación quitan el aliento. ¡Un cubo con agua tiene que llegar para todos! Como única letrina sirve un segundo recipiente. Una mujer se desmaya. Algunos golpean con los puños las paredes de madera del vagón. Pero la mayoría intenta mantenerse tranquilo. Lo peor ahora sería el pánico o la histeria de masas. Lentamente se pone en movimiento la locomotora de vapor. El tren sale de la estación. El destino final ha iniciado su camino.
El último tren a Auchwitz se estrena el 18 de enero de 2008
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